
Poco a poco olvido aquella amiga. Antes de que lo haga por completo, estaría bien realizar un escrito sobre ella.
Le gustaba mucho pintarse los labios, montar a caballo y pegarte en broma. Odiaba la falsedad y la gente que se creía mejor que ella. Era de lengua larga y fácil golpear. Cada poco tiempo se teñía de rubia, del color de su infancia. Solía inventarse las canciones, y las cantaba tan convencida que te hacía dudar.
Era enamoradiza y en cada relación se juraba a sí misma amor eterno. Era presumida y le gustaba peinarse y maquillarse. Aún cuando no teníamos dos dedos de frente solíamos imaginarnos de mayores calzando altos tacones y pintándonos la cara de colores chillones.
Éramos totalmente diferentes pero las dos dábamos la vida por la otra. Se podría decir que nos complementábamos. Si una lluviosa tarde me llamaba y me decía que estaba triste, que le había pasado tal o cual, yo me olvidaba de todo y me volcaba en consolarla como podía. Por supuesto, lo mismo al revés.
Hay mucha gente que opina que existen dos tipos de personas en nuestra vida: los conocidos, con quien echas carcajadas pero con los que no cuentas en los momentos difíciles; y los amigos, con quien cuentas en los momentos de risa y en los momentos duros.
Yo haría una subdivisión, no sabría cómo llamarla pero la definiría como “gente con la que cuentas en los momentos duros pero no en los momentos de diversión”. Sí, es muy raro, pero con ella me llevaba mucho mejor en los momentos de sinceridad y confesiones que en los de diversión y carcajadas.
Si algún día “el destino” o lo que quiera que sea opina que deberíamos volver a juntarnos, lo haremos. Mientras tanto, quedan los recuerdos de toda una vida.