domingo, 24 de octubre de 2010

Llegar a casa a las 5.30 de venir de tomar algo, no tiene precio. No tiene precio tampoco que una de tus compañeras de piso, bastante más mayor que tú, y estando enteramente sobria, te cuente lo que le ronda la cabeza. No se puede calcular el valor que tiene que te comprenda, que te escuche, que te aconseje siendo de una generación muy distinta a la tuya. Muchísimo menos que después de 1 hora de reloj, te coja, te abrace y te diga: “Muchas gracias por esta conversación, me ha servido de mucho”. Tú piensas: “A mí me ha servido de todo conocerte”. Todo esto cobra sentido cuando esa compañera de piso es tu propia madre.

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