Esta noche he vuelto a recordar, al probar el ColaCao que me acababa de hacer, aquellos cacharritos que regalaban con el mismo cuando teníamos 10-12 años... Baticao, Karaocao...
En el pueblo, en casa de los abuelos, recuerdo que en verano guardábamos esos cacharritos en la despensa de debajo de la escalera, y solamente los sacábamos a la hora del desayuno. Como los primos eran mayores, eran sólo para mi hermano y para mí.
Los desayunos en el pueblo eran geniales.
Cuando fuimos creciendo, la abuela Margarita compraba al panadero una napolitana para Aitor y para mí. Había de chocolate o de crema. Las que más nos gustaban a los dos eran las de chocolate, pero había un problema: Como vivíamos en la mitad del pueblo, para cuando llegaba el panadero en su furgoneta a nuestra casa, las vecinas de arriba habían comprado o toda la bollería o la mejor parte: las napolitanas de chocolate.
Cuando por la mañana bajábamos las escaleras y no encontrábamos lo que queríamos pensábamos: ¡Vaya! La Juli o la Pili ya se han llevado las napolitanas de chocolate...
En el caso de que sólo quedara una de chocolate y la otra fuera de crema, el que primero se levantara de los dos elegía.
Ayy... ¡Lo que daría yo por volver a aquella época!
En todos los sentidos...
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